viernes, 17 de junio de 2016

Reloj de Vapor: La República de Chile en 1883

Hoy daremos un vistazo otra de las naciones de Reloj de Vapor, la República de Chile.

República de
Chile
Capital: Valparaíso
Regente: Benjamín Vicuña Mackenna, Presidente de la República
Lengua Oficial: Castellano
Moneda: Peso

Atrapada por la geografía y la ambición, la próspera pero desconsolada República de Chile se encuentra en un entuerto, toda vez que, en el lapso de dos décadas, ha acabado casi sin darse cuenta por ceder control a poderosísimas compañías e intereses extranjeros que, hambrientos de sus vastos recursos naturales y de aprovechar su inmejorable posición a las puertas del Pacífico, se detendrán ante nada para asegurar su dominio sobre esta delgada franja de valles y montañas, lugar de geniales pero incomprendidos inventores, profundas conspiraciones y misterios ancestrales.

Chile ocupa la mayor parte de la costa centro-occidental de Sudamérica, apretujada entre la Cordillera de los Andes al este y el Océano Pacífico al oeste. Al norte, el caos desatado por la Guerra del Salitre ha convertido el Desierto de Atacama en la caja de arena de las oficinas salitreras, mientras que el sur es carcomido por los piratas de la Cofradía Austral y las conspiraciones afrancesadas del Reino de la Araucanía. Una tierra accidentada pero rica en recursos como el salitre-orosal y el carbón ígneo (las minas de Lota, en el sur del país, ostentan el segundo yacimiento más grande de ignitita natural conocido), Chile se encuentra experimentando la mayor bonanza económica de su historia gracias a la explotación de los mismos. Esto, empero, le ha costado caro, sufriendo gravemente bajo las maquinaciones de las grandes compañías mercantes y las potencias que las auspician.

La situación política en Chile es delicada. La excesiva influencia británica obtenida tras las dos Guerras Hispano-Sudamericanas y la reticencia del gobierno local a ponerle freno a su intervencionismo acabaron por desatar una dañina guerra civil entre 1875 y 1879, cuando el Congreso Nacional logró hacerse con el control de la armada y el ejército para deponer al presidente y al ministro-comisionado que representaba a Inglaterra en el gabinete, mientras que el ejecutivo era respaldado por la Flota del Aire (formada con directo auspicio de los ingleses). Este conflicto dividió profundamente al país, con los Parlamentaristas de un lado oponiéndose a la influencia británica -pero obsequiosos ante prusianos y holandeses que les proveyeron ayuda en el enfrentamiento a cambio de vastas conceciones comerciales- y los Presidencialistas del otro insistiendo en la necesidad de contar con la protección de Inglaterra ante el peligro de la presencia española y francesa en las fronteras. Esta división ha creado extraños compañeros de cuarto, quebrando partidos y mezclando liberales con conservadores y laicistas con ultramontanos. Tras bambalinas, conglomerados como la Compañía de las Indias Orientales, la Compañía Brandenburguesa, la VOC, el Consorcio Carbonífero y la Agencia Holder procuran repartir bien sus piezas en todas partes del tablero, empecinados en proteger sus inmensamente lucrativos intereses en la región.

La Guerra del Salitre

La restitución del Virreinato del Perú tras la Primera Guerra Hispano-Sudamericana sumó una enorme cuota de incertidumbre al futuro de la lucrativa industria del salitre en el Desierto de Atacama. Antes del conflicto, numerosas compañías chilenas habían adquirido derechos de explotación en territorios bolivianos que ahora estaban bajo ocupación española; si bien el Tratado de Iquique de 1866 firmado entre Chile y España aseguraba a los inversionistas que sus intereses serían respetados, esto solo consideró concesiones previas a la guerra, impidiendo que nuevos permisos fueran entregados a capitales no-españoles, además de dificultar enormemente las operaciones que ya estaban funcionando. Para los ingleses, que controlaban una importante cuota de las compañías salitreras chilenas, la situación resultó del todo indeseable, llevando al gobierno británico a presionar intensamente a Chile para que impugnase la ocupación del desierto. Agotada por la reciente lucha y aun sufriendo las consecuencias de la Guerra Austral, la joven república hizo oídos sordos.

Pero Inglaterra no iba a dejar ir este asunto con facilidad, especialmente no ahora que el descubrimiento del orosal había catapultado el valor del desierto hasta las nubes; dejar que todo cayera en manos de los españoles era impensable. Si Chile no iba a ir a la guerra por las buenas, iría por las malas.

En 1867, los primeros de los llamados “Folios de San Genaro” hicieron su aparición. Supuestamente descubiertos en una de las bóvedas del Banco de Valparaíso, estos documentos consistían en concesiones de explotación otorgadas por el gobierno boliviano a un tal Genaro Subercaseaux, quien las habría vendido a una serie de inversionistas antes de su muerte, sin jamás haberlas empleado. Aunque la autenticidad de estos papeles fue cuestionada prácticamente desde el primer día, el embajador británico en Chile hizo especial hincapié en que su gobierno haría todo en su poder por defender los intereses de sus ciudadanos, justamente entre quienes se contaban varios de los beneficiados por estas regalías de “San” Genaro (lo de santo le decían por la capacidad de crear millonarios de la noche a la mañana con aquellos “milagrosos” documentos).

Portando estos documentos para ampararse en las condiciones del Tratado de Iquique, docenas de compañías chileno-británicas formadas en lo que canta un gallo se aprestaron a iniciar operaciones en territorio español. A sabiendas de que muy probablemente no serían recibidos con brazos abiertos, estas compañías ofrecieron generosas sumas de dinero a veteranos de la Primera Guerra Hispano-Sudamericana para que les proveyesen de protección; esto eventualmente derivaría en la formación de la Agencia de Seguridad Holder, una de las mayores compañías mercenarias en la actualidad. El Virreinato puso el grito en el cielo, exigiendo a Chile que detuviese estas incursiones, mas el gobierno de Santiago se declaró incapaz de hacer cosa alguna, viendo como esto se trataba de un asunto de privados haciendo valer sus derechos protegidos por el tratado.

Las escaramuzas entre holders y españoles se volvieron comunes, a medida que más y más compañías recibían la “Bendición de San Genaro” junto con una saludable cuota de dádivas pecuniarias de parte de la embajada británica; aunque algunos acercamientos se intentaron para buscar una solución pacífica, el conflicto escaló lo suficiente como para desatar un segundo enfrentamiento en 1871. La Segunda Guerra Hispano-Sudamericana comenzó con la declaración formal de hostilidades por parte de España ante Chile, a lo que rápidamente se incorporó Inglaterra de parte de estos últimos. Los casi dos años que duró la contienda fueron intensos y feroces, en gran medida por la revolución armamentista que significó la invención de la pólvora dorada, fabricada a partir de orosal y capaz de detonar con una fuerza muy superior a los explosivos regulares. Y aunque las bajas fueron considerables en ambos bandos, la alianza anglo-chilena acabó por imponerse, forzando a España a ceder el control del Desierto de Atacama a Chile en Marzo de 1873.

Este fue un regalo con condiciones, sin embargo. Durante la guerra, Inglaterra se las ingenió para instalar un consejero general como asesor del gobierno chileno; para 1873, el consejero había sido reemplazado por un ministro-comisionado, esencialmente otorgando un puesto en el gabinete presidencial a los ingleses. Este funcionario tenía un papel lo suficientemente ambiguo como para permitirle inmiscuirse en lo que quisiese, y eso fue precisamente lo que hizo: Entre 1873 y 1875, la oficina del ministro-comisionado se hizo cargo de organizar la entrega de concesiones salitreras en Atacama, regular las relaciones diplomáticas con el Reino de la Araucanía -una marioneta de Francia que Inglaterra deseaba neutralizar- y nombrar oficiales adjuntos para la armada y la recientemente formada Flota del Aire -el ejército estaba firmemente influenciado por los prusianos y logró resistir la intervención inglesa. Era un protectorado en todo salvo nombre.

La maleabilidad del gobierno para con los ingleses no cayó bien en todas partes, sin embargo. En el congreso, los poderosos parlamentarios estaban tan espantados como furiosos por la situación; espantados por el prospecto de acabar anexados por Inglaterra y furiosos por el papel preponderante que esto le otorgaba a la figura del presidente. Envalentonados por un discurso patriótico e impulsados tanto por sus vastas fortunas personales como por el creciente flujo de dinero proveniente de organizaciones como la VOC y la Compañía Brandenburgesa -ambas interesadas en quedarse con una parte de las riquezas del desierto y especialmente preocupadas por la posición privilegiada que todo el asunto entregaba a la Compañía de las Indias Orientales-, el congreso llevó a cabo un golpe de estado a fines de 1875 con la ayuda del ejército y la armada -esta última experimentó su propia suerte de pequeño golpe, cuando oficiales leales a los parlamentaristas depusieron a la cúpula instalada por los ingleses-, expulsando al ministro-comisionado y enviándolo a la isla-prisión de Juan Fernández, misma donde fue a parar el depuesto presidente Federico Errázuriz. Conscientes de que Inglaterra intervendría, el congreso consiguió el apoyo económico de los holandeses y prusianos a cambio de acceso a explotar los yacimientos de orosal atacameños. En respuesta, la Compañía de las Indias Orientales se apresuró a reforzar sus operaciones en la región, y para 1877 las tres colosales entidades se hallaban batiéndose a punta de cañonazos desde sus ciudadelas móviles.

Guerra del Salitre es el nombre con el que se ha venido a denominar este extraño conflicto, que seis años más tarde aun sacude el desierto. Aunque una tenue paz logró ser instaurada en Chile luego de que la elección de Benjamín Vicuña Mackenna como presidente en 1879 y el traslado de la capital a Valparaíso -centro del poder parlamentario- sirviesen para apaciguar los ánimos, las facciones que pugnan por el control de la nación -los distintos partidos parlamentaristas y presidencialistas, así como los intereses comerciales de las grandes compañías mercantes- distan de haberse rendido, cada una tirando de la enredada maraña a cada oportunidad. Esto ha propiciado que en la región de Atacama se instale una sensación de anarquía y cada-quien-por-lo-suyo que ha venido de perillas a las oficinas salitreras y a los mercenarios de la Agencia Holder que se llenan los bolsillos cada vez que alguna de ellas necesita, literalmente, aplastar a la competencia.

Salitreras Errantes

Sacudiendo la tierra con su andar lento, pesado e inexorable, las salitreras errantes que discurren por el Desierto de Atacama batallando unas con otras por devorar sus riquezas son un recordatorio de los peligros y oportunidades que tanto abundan por esos lares. Las más sencillas poco más que destartaladas casuchas sobre orugas tripuladas por equipos disecados por la cal, las más sofisticadas verdaderas ciudades móviles cargando con miles de almas a cuestas entre hornos abrasadores y retumbantes refinerías, pero con escuelas, bibliotecas e incluso teatros para cuando sus labores culminan, estas ciclópeas maravillas tecnológicas existen fundamentalmente por dos razones: La inestabilidad política de la región que hace del quedarse en un solo sitio fatalidad segura, y la proclividad de un suelo henchido de orosal a estallar en devastadoras, mas sin duda espectaculares, estampidas de destellos solares y energía tan intensas que del acero hacen vapores.

En el desierto pauta lo del sálvese quien pueda, y nada ejemplifica esto mejor que los combates entre salitreras. Andanadas de cañones, flotillas de artilugios estratonáuticos, minas explosivas e incluso derechamente románticos abordajes a punta de garfio, sable y bayoneta, cualquier método es aceptado en la carrera por quedarse con los caudales de Atacama. 

Sea ya sobre una de las colosales oficinas-fortaleza de las grandes compañías mercantes, de las modestas refinerías de inversionistas pequeños o de los ingenios escacharrados armados a punta de reciclar salitreras destruidas que suelen emplear los más impávidos buscafortunas sin un cuesco, quienes decidan embarcarse en esta salvaje, desenfrenada y parcialmente demente empresa que es el salitre harán bien en recordar que, como allí dicen, “la riqueza es cosa de suerte; la tumba es cosa de tiempo”.

Rumores: Gigantes de Piedra

Historias sobre mineros desenterrando enormes estatuas de piedra comenzaron a circular a los pocos años de que el orosal fuere descubierto mezclado en los yacimientos de salitre. Presumiblemente de origen pre-incáico, estos gigantes parecen estar repartidos por el desierto sin un patrón claro, y algunos rumores llegan de que se los ha visto levantarse entre destellos dorados para demoler todo a su paso. Aunque es de buen saber que darle mucho crédito a los cuentos de mineros cocinados por el sol es asunto de zopencos, los comerciantes de chatarra en puertos como Coquimbo y Antofagasta han estado recibiendo restos de algunas salitreras errantes que a todas luces fueron aplastadas de maneras que nadie se puede explicar todavía.

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